Como religiosa procedente del Líbano, un país que ha sufrido mucho y que sigue atravesando numerosas pruebas, el Jubileo de los jóvenes que hemos vivido ha sido para mí una profunda fuente de consuelo y esperanza.
Llevar en el corazón la realidad de nuestro pueblo y de nuestros jóvenes libaneses, y verlos presentes, de pie, rezando y llenos de alegría en el corazón de la Iglesia universal, ha dado un sentido aún más fuerte a esta experiencia.
Este Jubileo me ha marcado profundamente como una verdadera experiencia de Iglesia viva, joven y universal. Ver a más de un millón de jóvenes de todo el mundo llenar Roma de cantos, alegría y fervor ha sido una señal clara de que la fe no está apagada, sino que vibra en el corazón de los jóvenes.

Lo que más me impresionó fue la diversidad de caminos y expresiones de fe, acogida con gran libertad. No había un programa rígido: cada grupo construía su propio camino, alternando descubrimiento, oración, celebraciones y talleres espirituales. Esta flexibilidad me parece muy valiosa para la pastoral juvenil de hoy: respeta los ritmos, las lenguas, las culturas y permite a los jóvenes ser protagonistas de su fe.
La riqueza de las propuestas espirituales ofrecidas por las parroquias, las comunidades y los movimientos muestra hasta qué punto la Iglesia puede llegar a los jóvenes allí donde se encuentran, siempre que les ofrezca espacios vivos, encarnados y accesibles. Los momentos compartidos con los grupos libaneses fueron especialmente intensos.
El momento de oración por el Líbano, en la Basílica de los Doce Apóstoles, quedará grabado en mi corazón: ver a estos jóvenes rezar y cantar con tanta fe, a pesar de las dificultades que viven, fue un verdadero testimonio de esperanza.
La misa final en Tor Vergata fue para mí el punto culminante de esta experiencia: una Iglesia reunida en torno a Cristo, en unidad y paz. Sentí profundamente que formamos una sola familia, llamada a caminar juntos.
En relación con la pastoral juvenil, este Jubileo me ha confirmado una convicción esencial: los jóvenes tienen sed de sentido, de profundidad y de autenticidad.


No piden estructuras pesadas, sino lugares de encuentro, de confianza, de verdadera oración y de fraternidad. El mensaje del Papa —«Jesús es nuestra esperanza»— y su invitación a aspirar a la santidad en la vida cotidiana resuenan como una misión para nosotros, los consagrados: acompañar a los jóvenes, caminar con ellos y recordarles que Dios ya actúa en sus vidas.
Recuerdo este Jubileo con gran gratitud y una certeza renovada: la Iglesia está viva, el Espíritu Santo actúa siempre en el corazón de los jóvenes y, a pesar de los desafíos, avanzamos juntos hacia la luz de Cristo.
Hna. Christine Helou.


