Soy Alejandra Tricerri, alumna del colegio primario Santa Marta entre los años 1968 y 1975.

Esa época nos encontraba con el guardapolvo blanco, planchado e inmaculado, listas para descubrir la magia de aprender a escribir, hacer nuestras primeras amigas y asumir los primeros compromisos en nuestra formación como seres sociales.

Las señoritas Rosita, Norma, Elsa, y la hermana Julia fueron maestras que se fijaron en mi memoria y a quienes agradezco profundamente el estímulo para aprender, tanto conocimientos como valores de convivencia.

Me quedan muchísimos recuerdos hermosos: los recreos en el enorme patio, las kermeses con carreras de embolsados o los picnics de primavera, donde la codiciada visita al jardín de la gruta marcaba días maravillosos de juegos y disfrute.

Las oraciones en la capilla eran momentos de solemnidad y encuentro. También recuerdo la alcancía del hall, que siempre “agradecía” con la cabeza cada vez que colocábamos una moneda para ayudar a la cooperadora.

Las hermanas Inés, Ángela y, muy especialmente, la hermana Carmen forman parte imborrable de aquellos días.

A pesar de ser una niña alegre, sufrí el fallecimiento de mi mamá a los ocho años. Aunque eso no truncó mi niñez, fue un punto de inflexión que me llevó a crecer en responsabilidad: estar bien por mí, por mi papá y por mi hermana mayor.

En esos días oscuros, la hermana Carmen Sebria fue un faro amoroso. Acompañó nuestro dolor y sostuvo a mi familia con su cercanía y amor incondicional.

Años después, ya adulta, volví a visitarla. Con mucha emoción descubrí que ella aún conservaba una poesía y prosa que escribí a los nueve años, titulada «El árbol caído». Ese gesto me conmovió profundamente y reafirmó el vínculo que nos unió desde mi infancia.

La vida pasa y se lleva seres luminosos, pero las primeras historias de niñas creciendo en comunidad forman un marco indeleble de nuestra historia personal.

Con mucho cariño,

Alejandra Tricerri