Estimado Instituto María Inmaculada:
El tiempo siempre tiene un valor relativo en la vida de las personas: a veces un minuto puede ser interminable, mientras que quince años pueden pasar en un abrir y cerrar de ojos.
Mi trayectoria comenzó en el lejano 1989, cuando, a la edad de 3 años, empecé el camino hacia la escuela infantil en la clase de los fiordalisi, y concluyó en 2003 con el título de bachillerato en Comunicación, opción social.

La elección de mis padres fue fácil, ya que mi padre también era un antiguo alumno.
Cuando me pidieron que diera mi testimonio, no lo dudé ni un momento, porque solo tengo buenos recuerdos de los 15 años que pasé entre estas paredes.
Recuerdo perfectamente algunas cosas, como las tortugas a la entrada de la guardería, las aulas de primaria donde hacíamos manualidades navideñas y que ahora se utilizan como salas de recepción para los padres, el aula de música debajo del instituto, los espectáculos de fin de curso que eran y siguen siendo una tradición.
Lo único que ha cambiado es el patio exterior, que antes formaba parte del oratorio femenino, donde después de las clases se impartía el catecismo y en verano se celebraba el oratorio estival. También había juegos en el patio, cerca de la fuente.
Sin embargo, mi experiencia en el Imi (Instituto María Inmaculada, ndr) está lejos de haber terminado, ya que mis tres hijos son actualmente alumnos.
Cuando volví a cruzar la puerta, por primera vez como madre, todo lo que había vivido como alumna me vino a la mente.
Volví a encontrar las tortugas, los espectáculos de fin de curso, muchos profesores y personal escolar cuyo estilo no ha cambiado ni un ápice.
Para mí, el IMI es mi hogar, un puerto seguro al que confiar a mis hijos , es el compromiso de valorar al niño a través de un itinerario educativo específico y atento a las diversas necesidades lo que me ha impulsado como madre a tomar esta decisión.
Cuando se elige el IMI, se elige formar parte de una gran familia.
Un cordial saludo,
Cristina