El Colegio Santa Marta fue, sin lugar a dudas, mi segundo hogar. Acompañó mi niñez, mi juventud y gran parte de mi vida adulta. Comencé a asistir a los 7 años y mi vínculo con esta querida institución se extendió, con algunos intervalos, hasta los 73.

Cursé toda la escuela primaria y fue aquí donde hice mi Primera Comunión. Estudié piano durante diez años con la profesora Sra. Gioconda de Vázquez y también asistía a las clases de bordado que dictaba la Hermana Eulalia. Recuerdo con cariño los trabajos que realizaba: sábanas y manteles para mi madre, batitas y baberos bordados con dedicación para mis primeros sobrinos.

A los 17 años me recibí de maestra en el Colegio de la Inmaculada, y a los 18 ya estaba enseñando en Santa Marta. Un año después, me casé y me mudé a San Juan, ya que mi esposo —geólogo de profesión— fue trasladado allí por motivos laborales.

Durante mi vida, tuve el privilegio de ocupar varios roles dentro del colegio: fui alumna, maestra y también vicedirectora. Tengo los más hermosos recuerdos de esa etapa, marcada por el compromiso, la vocación y el afecto.

En aquellos años, la directora era la Hermana Francisca Morey, la Superiora era la Madre Teresa Otero y nuestra compinche inseparable, la Hermana Antonia. Recuerdo especialmente a Mabel Pavón, la única alumna pupila. Nos hicimos muy amigas, y la única casa a la que le permitían ir era la nuestra.

Mis padres, profundamente católicos, me acompañaban cada domingo a misa y colaboraban activamente con el colegio. Cuando debían viajar a Gándara o Chascomús —donde vivían mis abuelos y tíos—, yo me quedaba todo el día en la escuela, al cuidado de las Hermanas. Esos momentos también forman parte de mis recuerdos más entrañables.

Madre Teresa Otero solía preparar unas empanadas exquisitas para los festejos de Santa Marta. Eran tan deliciosas que había que encargarlas con tiempo: ¡se agotaban enseguida!

Tras la jubilación de mi esposo, regresamos a La Plata después de haber vivido en distintos lugares del país: Neuquén, Mendoza, San Juan y Río Turbio (Santa Cruz). Ya con cinco hijos, retomé mi vínculo con el colegio. Pilar Domínguez (Q.E.P.D.), quien era en ese entonces vicedirectora, me convocó para una suplencia en 7° grado por un año… que se extendió hasta mi jubilación como vicedirectora en el año 2013.

No puedo dejar de mencionar a la querida Hermana Ángela, Representante Legal y verdadero motor del colegio. Su entrega y compromiso fueron inigualables. Siempre estaba presente, cubriendo con amor y responsabilidad cada espacio donde se la necesitaba. Su partida dejó un vacío difícil de llenar.

Hoy, al mirar hacia atrás, no puedo más que agradecer. El Colegio Santa Marta me dio tanto: una formación sólida, amistades sinceras, oportunidades profesionales y, sobre todo, una familia espiritual que me acompañó a lo largo de toda una vida.

Ana María Pérez Picone (Ex. Vicedirectora del colegio Santa Marta de La Plata Argentina)